Hacía dos días que Agostina no actualizaba sus historias de instagram eso era muy raro viniendo de ella. Se había ido de viaje a India y, según el cronograma que ella misma me había enseñado, tendría que haber regresado ayer. Pero no se había comunicado conmigo ni con nadie más, por eso decidí que era mejor volver a ir a su casa para alimentar a su gato, como ya lo había hecho durante toda la semana que pasó.
Una vez en la casa me pareció extraño que Dorian no me hubiera recibido con sus fuertes maullidos de hambre, igualmente fui directo a la cocina en busca de la comida para gato, en ese instante oí un sonido como de gruñidos que detuvo mi corazón en seco, provenía del cuarto de Agostina. Con miedo y el pulso a mil por hora caminé el pasillo y me acerqué a espiar por la puerta: era ella, hermosa casi translúcida, vestía un sari y estaba sentada en su cama mirando a un lado.
—¡Agostina! —le grité con alegría, la abracé y hundí con fuerzas mis labios contra su boca.
Ella no respondió, se retiró un poco y me miró con curiosidad. Luego comenzó a besarme con suavidad, me acarició y observó mi rostro como si no lo hubiera visto hacía un millón de años.
—Te extrañé mucho, tonta. —le dije— ¿Viste a Dorian por algún lado? Vine a darle de comer.
Ella giró su cabeza y miró a un rincón de la habitación, el gato había cazado una rata y se la estaba comiendo. Algo por dentro me decía que aquello era repulsivo y asqueroso pero yo no reaccioné acorde a la situación.
—¿Por qué hizo eso? —me preguntó.
—Porque es un animal carnívoro, Agos. Ellos matan para vivir, no todos pueden vivir de las plantas, ni del Sol, ni del prana. —bromeé— Igual, comida no le falta, lo habrá hecho por instinto.
De pronto Agostina se arrodilló, se puso a cuatro patas como un animal y empezó a lamer el suelo como si fuese un dulce, lamía la zona en que se proyectaba mi sombra. Un escalofrío recorrió toda mi espalda y me aflojó las piernas, sentí miedo y cosquillas.
—¿Qué haces, estás loca? —le dije mientras reía por lo surrealista de la escena.
Ella me miró, se veía muy tierna desde ahí abajo, y dijo—: Yo también tengo hambre.
—Busquemos algo para comer. —le respondí.
Agarré su mano para ayudarla a levantarse y fuimos hacia la cocina. Revisé la heladera: toda las cosas que había adentro estaban podridas.
—Qué raro, si antes de ayer estuve acá. Bueno —titubeé—, podríamos ir a comer afuera para festejar tu llegada o encargar algo al Masala; aunque imagino que estarás podrida de la comida hindú. Mejor vamos al chino a ver qué es lo que tiene y preparo algo rápido.
Caminamos las dos calles hasta el mini-super chino y compré tofu, salsa de soja y espaguetis aunque podría haber llevado arroz pero recordé que en India lo consumen mucho. Agostina se veía radiante a la luz del Sol, parecía como si un aura resplandeciente la rodeara, incluso su sombra era más clara que la mía, tal vez había alcanzado la iluminación gracias a algún gurú hindú en su viaje. A la vuelta pasamos por la verdulería de la esquina y compré morrones, cebollas, tomates, un manojo de rúculas, cuatro manzanas y una cabeza de ajo porque hasta el ajo estaba agusanado en aquella casa.
Cuando llegamos me puse manos a la obra: le dije a Agostina que pusiera un litro de agua a hervir en la pava eléctrica, yo puse a sofreír en la sartén el ajo y una cebolla picada. Corté el tofu en cubitos y un morrón en tiritas, Agostina observaba atentamente como yo picaba con el cuchillo de cerámica verde, puse todo en la sartén, agregué un poco de salsa de soja y una pizca de sal.
—¿Podrías lavar las hojas de rúcula y los tomates? —le dije— Luego córtalos en rodajas o cubos, como gustes, para la ensalada.
Le pasé el cuchillo de cerámica por el mango, ella lo agarró y lo observó un momento. Yo puse dos porciones de pastas en la olla y agregué el agua de la pava. Condimenté el sofrito con un poco de orégano y pimienta molida, por obvias razones no quería usar demasiadas especias. Pusimos la mesa, luego colé los espaguetis, los mezclé con el contenido de la sartén y serví.
—Bon appetit. —Le dije mientras nos sentábamos. Agarré el aceite de oliva y le puse un poco a la ensalada. Había algo inquietante en la manera en que Agostina observaba ese hilo dorado y verdoso que formaba el aceite en su caída. Sus ojos eran negros.
Mientras comíamos vi a mi izquierda, en el suelo de losas blancas, una sombra moverse: era una cucaracha enorme que caminaba dibujando círculos a plena luz del día, el movimiento de sus patas y de sus antenas me daban asco. Contrariada recordé el miedo que le tengo a las arañas y a todos los insectos en general. Definitivamente había algo que estaba adormeciendo mi capacidad de reaccionar.
—Esta comida es buena. —Me dijo.
—La comida está rica. —Le corregí con inquietud.
—La comida está rica. —Repitió.
—¿Me trajiste algún regalo de India? —De mis ojos comenzaron a brotar lágrimas pero sentía que mi rostro se mantenía apacible, neutro, la sensación de parálisis era horrible.
—Si, tengo algo para ti, está en el ropero. —Respondió sin inmutarse. Comencé a ver, horrorizada, como de la piel blanca de sus brazos comenzaban a brotar largas espinas negras y brillantes que desgarraban su carne y sus manos se convertían en algo parecido a ganchos con pequeñas púas alrededor como si fuesen las patas de algún asqueroso insecto. En los espasmos de su metamorfosis arrojó todo lo que había sobre la mesa.— Cierra los ojos, confía en mí, cierra los ojos y recuerda lo hermosa que soy. Piensa en lo perfecta y saludable que soy, no tengas miedo.
Angustiada y llena de impotencia cerré los ojos, no podía resistirme, mientras tanto lloraba por dentro. Comencé a pensar y a recordar: recordé la primera vez que la vi, las risas y los roces en aquella fiesta con música electrónica y luces estroboscópicas. Recordé la primera vez que nos besamos e hicimos el amor. Recordé las largas mañanas en que exploraba su cuerpo perfecto, las charlas infinitas a altas horas de la noche, los sueños que compartíamos, la complicidad y las penas. Recordé aquella vez en que las dos nos fuimos a una playa solitaria solo para escaparnos de todo por un fin de semana. Sentí sus manos en mis hombros, volví al presente y temblé. Me puse de pie y ella me guió hasta la habitación, nos detuvimos y abrí los ojos: estábamos frente al ropero. Miré a Agostina, ella se veía perfectamente humana al menos por fuera.
—Cuando llegaste —me dijo— a esta habitación solitaria y apagada me regalaste nuevas perspectivas. Agregaste nuevos colores y sabores a mi vida. Vi el cielo y el Sol y pude sentir. Sentí tu amor y decidí que quería seguir viviendo, que no quería volver a la nada. Por ello te estoy completamente agradecida. Por eso quiero ser honesta contigo, quiero que la veas.
Temblorosa abrí las puertas del ropero y ahí la vi, acurrucada en la oscuridad junto a un viejo libro titulado "Tulpas", era Agostina.
Lentamente me metí al oscuro ropero y la abracé, noté que estaba muy débil, su respiración era pausada y profunda. Traté de despertarla gritándole y sacudiéndola un poco.
—Es inútil —dijo la otra—, yo lo sé, ella aun me sueña y eso no va a cambiar. Pronto también tu caerás en ese sueño por eso quiero pedirte que te despojes de todos tus miedos, te unas a ella y me sueñes bella y perfecta porque yo soy lo que ella deseó crear.
—No vamos a durar mucho aquí —supliqué llorando—, vamos a morir y entonces ¿Qué pasará contigo?
—Probablemente desaparezca. Por lo que vi la vida es efímera, como la de aquella rata. —señaló al cadáver del roedor que se podría en una esquina de la habitación— Pero yo elijo ser como el gato. Gracias, gracias por todo lo que me diste, en verdad te lo agradezco.
Cerró las puertas y quedé desamparada, a la deriva, inmóvil en completa oscuridad como si el pequeño ropero fuese el frío y solitario espacio infinito. Solo sentía el calor que nos dábamos Agostina y yo. Y en esa oscuridad, a punto de quedar dormida, oí la voz de la impostora por última vez.
—¿Quién te sueña a ti?

